El tiempo pasaba mientras las historias se volvían eternas por esa condición de no poder quedar atrás, de esconder memorias imparables.
Historias infinitas que encierran momentos , abandonos y caricias a medias.
Mientras esperaba su partida se sentó a pensar, a tratar de entender un poco este mundo que abandonaría en breve y entendió que existen infinitos trenes que envulven despedidas, miradas agachas que no consiguen soltar, pero por el miedo a avanzar, dejan ir.
Hay trenes que no vuelven sabes? Se pierden , encuentran algo menos jugado en el camino y allí se quedan.
Poniendo sentiemientos en stand by como si el corazón no captara señales.
Esta partida prometía libertad, pero de pronto se vio sola, el mundo no existía , su huida
comenzaba.
Que paz momentánea la de la promesa de un eterno escape, que placentero el sabor al olvido inevitable que provoca la distancia.
Que paz momentánea la de la promesa de un eterno escape, que placentero el sabor al olvido inevitable que provoca la distancia.
Mas sus lágrimas llegaban para recordarle que el olvido necesita de más, de mucho más que eso.
La vida no le dio la chance de dejar cabos sueltos.
No importa el tren que abordemos, ni su destino. Pues el obstinado frenará en cada estación para enseñarnos lo que vinimos a aprender, no existe en su libro la oprtunidad de escapar.
Nos deja en nuestras manos las incontables salidas, los posibles caminos a tomar, pero no hay atajos hacia el olvido.
El destino busca entonces, que logremos aprender algo de cada estación que,
voluntariamente o no, debemos abandonar.

