lunes, 2 de junio de 2014

Se vieron en un bar. O capaz en dos.




     

A lo que palabreríos baratos de refiere, los levantes por la madrugada son un clásico. 


Después de un par de copas todos son  proclives al enamoro repentino y poco inmunes a los halagos de medianoche. 
Y ahí ves. Sí te quedas sobrio un par de minutos, como en un mismo lugar se mezclan tantas historias. Tantos pasados . Y como los estupefacientes los vuelven más vulnerables a decir la verdad, a contar anécdotas innecesarias y cuentos que sí bien creemos graciosos y dignos de contar, son bastante molestos para quien los tiene que escuchar. 

Y después nos retractamos. Claro . Como sí eso borrara todo lo antes dicho. Como sí algo tuviera sentido. 

Se mezclan historias. Y se besan extraños. 
Se le halaga al narigón su perfecta nariz y a un feo su sonrisa. 
Se anotan números equivocados y se hacen llamadas en malos momentos. 

Y no es la primera vez que se cruzan en lugares donde la música está tan alta que no se escuchan las almas.
Pero se cruzan las miradas. Esas que insinúan conocerse , esas a las que las presentó el deseo tiempo atrás. 

Y de pronto se ven insertos en una idealización del amor de la que no podrán salir hasta intentar.
Esa historia que  necesariamente queremos probar , porque pasó la prueba de las cuatro miradas y es imposible fallar. 

Asi comienza otra historia. Dos corazones que se cruzaban por las noches, logran ver el día. 
Y no están seguros de la química . A ese amor sin dudas lo facilitaba el tequila. 
Tras miradas y sonrisas quizás pueda funcionar. Intentan entenderse , tratan de reaccionar .
Que será de esos amores afuera, me pregunto mientras los miro pasar, sí sus diferencias los unen o los impulsan a escapar. 

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